martes, 12 de enero de 2010

APOLOGÍA DE SÓCRATES POR JENOFONTE DE ATENAS

APOLOGÍA DE SÓCRATES POR JENOFONTE DE ATENAS
por María del Mar Blanco Leal.

Yo, Jenofonte de Atenas, historiador, discípulo de Sócrates y autor de diálogos inspirados en su persona, no puedo hoy sino dirigir mis palabras para defender la figura del maestro, como lo hice en su momento con mis Apologías.
Nadie dudó en la antigüedad de la veracidad de mis testimonios pero algo más importante he de decir, y es que la historia me ha dado la razón, porque la figura del filósofo Sócrates sigue estudiándose como un ejemplo de rebeldía intelectual y de amor al honor, a la justicia y a la libertad, sin temor a perder en ese empeño su propia vida.
Por ello, no yerro si afirmo que su muerte no es fruto de la justicia sino de “la calumnia y la envidia”. ¿Es posible un juicio justo con argumentos y acusaciones falsas? ¿Hay acaso testigos de la maldad de la que se le acusa? ¿Hay muestras de las veces en que supuestamente ha violado las leyes? Vayamos pues por partes:
- Lo primero que debo explicar es la supuesta actitud altiva de Sócrates ante el tribunal. Por ello, no pretendo hacer con mi Apología un reportaje exacto del juicio, sino exponer la sublime actitud y el altivo lenguaje que Sócrates utilizó ante el jurado convencido de que no necesitaba defensa porque toda su vida había sido una apología.
Por otra parte, un hombre de edad avanzada –setenta años- como el filósofo, afronta la muerte como un regalo, como una forma de evitar los achaques de la vejez. Por ello quizás algunos entiendan que se haya mostrado algo altivo o incluso intransigente, pero: ¿cómo puede un hombre faltarse a sí mismo? ¿Cómo se le puede pedir a un filósofo que se ha rendido ante las bondades de la verdad y la justicia esté ahora dispuesto a abandonarlas para salvar su vida?
Si como el propio Sócrates afirma, su dedicación a la filosofía no es otra cosa que el cumplimiento de los preceptos marcados por el “genio divino”, ¿cómo se puede pretender que ahora abandone todo ello para comportarse como un ruin y un miserable que huye en el momento en que huele el peligro? Firmeza, templanza, valor. Esas son las palabras que pueden describir su comportamiento.
Es cierto que para elaborar la defensa de Sócrates he utilizado el testimonio de Hermógenes, un relator, cuestión que podrá parecer mal a mis instigadores. Otros, por su parte, podrán acusarme de que como historiador no soy exhaustivo en la recogida de datos, que soy olvidadizo y que margino hechos de importancia, ruego a los que así piensen que no condenen al defendido por los errores del defensor. Asimismo, en mi discurso destacaré que mis obras son reportajes de mi experiencia, que mi escritura es fresca, precisa, rápida, clara y sencilla y que soy capaz de llegar al público, algo que por lo que observo no me está ocurriendo con el presente tribunal.
- Un segundo aspecto que debo abordar es la doble acusación de impiedad y corrupción de la juventud. Y habría que cuestionarse: ¿es este el mismo al que hasta hace poco considerabais sabio?, ¿es este hombre al que el Oráculo de Delfos, es decir, la pitonisa intermediaria de los dioses del Olimpo, guardiana del mandato de Apolo tras matar a la serpiente Pitón, ha calificado como el ser más sabio? ¡Ay! ¡¡¡Pobres de vosotros que escondéis tras la legalidad y la mentira lo que no es más que envidia!!!
¿Creéis que la autocrítica que propone Sócrates es impiedad, es desacato a la ley, es corrupción de menores? No seáis obtusos, pues lo que se esconde detrás de su afirmación como el hombre más sabio de Grecia no es más que humildad. La humildad de saberse ignorante y de entender que ese es el punto justo de donde debe partir todo conocimiento. No pueden creer aquellos que ejercen bien su ciencia que saben de todo, pues la parte no hace al todo, como el brazo no hace al cuerpo.
¡Ah!!! Creo vislumbrar por dónde van vuestras acusaciones. ¿Quizás creéis que llama a la rebelión, a la anarquía, que está en contra de la democracia? Así como se dirigen a Sócrates sus acusaciones podrían esgrimir mis enemigos que en mis obras me he manifestado hostil a la democracia atenientes y que me he orientado hacia formas más autoritarias y que quizás por ello enmascare el ataque de Sócrates. Pues bien, diré a todos aquellos que utilicen estos argumentos que se equivocan, ya que la acción de Sócrates no atenta en ningún momento contra la democracia, muy al contrario, en el ámbito intelectual pretende ampliarla al grueso de la juventud, de ahí que la acusación de Mileto y Ánito de pervertir a los jóvenes es falsa.
Incluso la propia forma en la que enseña, la “mayéutica”, no persigue otra cosa que sacar del interior del individuo aquello que le permitirá ser mejor, que le ofrecerá una visión más certera del mundo. Es cierto que quizás en ocasiones Sócrates defiende, frente a la democracia, un modo de gobierno más cauto en el que gobiernen los mejores y los más preparados. No creo que esta acusación atente contra la democracia, creo por el contrario que lo que pretende es perfeccionarla.
Por otra parte, afirman que Sócrates no cree en los dioses. Él, que ha sido designado por ellos para alumbrar a sus compatriotas, él que ha asumido su tarea con auténtica devoción negándose a sí mismo una vida de lujos y de riquezas. El ‘demon’ no es más que un intermediario, una representación interior de esos dioses que todo lo pueden, con sus virtudes y defectos, que protegen a los hombres y que descendientes de Zeus infunden orden al Caos. Asimismo, cumple con los preceptos, ofrece sacrificios, acata los mandatos divinos, cree en lo que tiene que ver con los dioses, ¿cómo es posible que creyendo en las cosas de los dioses no crea directamente en ellos?
Por todo lo expuesto sé que Sócrates no suplicará ante este tribunal, que no intentará utilizar el argumento de la sensiblería, que no buscará conmover al jurado porque eso sería, de algún modo, faltar a la verdad, algo a lo que no está dispuesto. De hecho, su propio discurso ha sido una muestra más de su fidelidad a sí mismo y a su pueblo, a su filosofía y a sus creencias, a su confianza en los dioses y en los hombres, evitando una oratoria persuasiva y cuidada, apostando por una forma de hablar sencilla, porque según su criterio la verdad no necesita de hermosas vestiduras.

Todo está dicho. La decisión de Sócrates está tomada, no se arredrará ante la muerte, como no lo hizo ante la vida ni ante la verdad. Su última palabra será solamente una profecía, un augurio y una predicción –relacionada con el hijo de Anito- que no podrán sino cumplirse.

Sócrates fue fiel a su filosofía, asumió con valentía el destino y consideró que era más honrado morir con la verdad que vivir perseguido por la sombra de la mentira o el incumplimiento de su tarea intelectual en el exilio. La libertad de pensamiento siempre estará en deuda con Sócrates.

María del Mar Blanco Leal.
Filosofía I. 4º Humanidades.

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